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ARCHIVO MAESTRO PRIETO

Plataforma Digital

Proyecto institucional financiado por el MPPE 

 

 

  • Anaquel: 1
  • Tramo: 4
  • Caja: 19
  • Carpeta: 1
  • Autor: Julio Febres Cordero
  • Lugar: La Habana, Cuba
  • Año: 1949
  • Síntesis: En carta anterior, escrita igualmente en La Habana, pero de fecha 5 de diciembre, Julio Febres Cordero hace un análisis desde el exilio de las circunstancias específicas en que tuvo lugar el derrocamiento de Gallegos y la derrota de Acción Democrática, y de cómo, un año más tarde, el liderazgo del partido, ahora frente a la dictadura, se plantea el posible retorno al régimen democrático. En esta oportunidad el autor vuelve a insistir sobre el mismo tema. Dado que, al parecer, según él mismo lo indica, lo tratado en aquella primera carta ha pasado a ser “objeto de acaloradas discusiones y quien sabe si hasta de enconadas disputas”, vuelve, pues, sobre el tema; más esta vez lo hace “entrando en detalles no contemplados” en su anterior misiva.

13 de diciembre de1949

(ilegible)

Dr Luis Beltrán Prieto

Exige la política que quienes la sientan sean capaces de expresar libremente sus opiniones, en forma clara y concreta, sobre todo cuando hay aspectos poco claros que necesiten amplias discusiones. La encrucijada en que nos encontramos reclama imperiosamente la realización de tal propósito, pues no podemos negarle a nuestra causa una contribución, por pequeña o menguada que ella fuere. 

Consecuente con este criterio, le dirigí una carta donde exponía mis opiniones en materias que hoy son objeto de acaloradas discusiones y quien sabe si hasta de enconadas disputas. Hoy nuevamente abordo esos tópicos, junto a otros, entrando en detalles no contemplados en mi anterior. 

se resolvió Los hombres del gobierno afirmaron en repetidas ocasiones el ideario del régimen: la revolución de octubre aspiraba a la creación de un sistema institucional donde los alcances y el espíritu de los organismos estatales se hallaran claramente enmarcados dentro de instrumentos jurídicos. La revolución hecha por la oficialidad joven, responsable, democrática se realizo para devolver al pueblo la soberanía de que nunca había gozado. 

Se procuró, entonces, exponer la certera visión política que llevó a un pacto con la “Unión Patriótica Militar” El partido, con visión objetiva de la situación venezolana, apoyó lealmente esta táctica, pese a que muchos, tal vez, proclamasen con el latino potius morí quam foederi.

Jamás se le ha buscado justificación a tal proceso. Fue necesario y sé llevó a cabo. Betancourt, en diferentes oportunidades. ha insistido públicamente en las motivaciones que llevaron a la mancomunidad en la acción, sin aceptar que ocurriera en ello error táctico. Pero ahora encontramos que el presidente Gallegos, en discurso pronunciado en México, con ocasión del aniversario del partido apunta: 

“Muchos pueden haber sido nuestros errores, tanto en los primeros años de oposición a las socarronerías de la falsa democracia imperante en Venezuela, como en el momento de nuestro aparente desvío, en octubre de 1945, de nuestra li­nea de partido organizado para las luchas cívicas... pero, aceptando todos los cargos”!...

Y en otra parte recalca: 

...”Pero sí esto pareció desviación de nuestra línea de conducta cívica”... 

Sea de ello lo que fuere (pues no entramos en discusiones alrededor del tópico) es el caso que bajo la pompa militar de los desfiles y tras el relumbrón de los períodos oropeleros de los oficiales, la realidad política se insinuaba en otra forma. En 22-10-45 el comandante Julio Cesar Vargas, en unión de Enrique Rincón Caicaño y otros oficiales, en el propio local del Ministerio de la Defensa Nacional, me aseguraba que era aspiración de todos ellos el establecimiento de un gobierno del mismo tipo del que imperaba en argentina o Brasil. Finalizando ese mismo mes, el entonces director de Guerra, Edito Ramirez, me planteó que los hechos que ocurrían desde el 18 de octubre no correspondían a los propósitos iniciales da la oficialidad, porque si ellos se habían lanzado a la rebelión contra el General Medina Angarita lo habían hecho para que el Ejercito asumiese la total responsabilidad de la administración pública. Finalmente, declaraciones del capitán Miguel Nucete Paoli, en “La Esfera”, expresaban como causa primordial de la rebelión militar el descuido en que el entonces General-Presidente mantenía al Ejercito y el menosprecio hacia la oficialidad ostensible en su trato. 

Sin mascara alguna, grupos de oficiales exponían criterios discrepantes del sostenido por los líderes militares. No desapareció semejante criterio con el tiempo. Antes, por el contrario, se afirmó y fue ampliándose el circulo de quienes lo sostenían, como quedo demostrado durante nuestros 37 meses de gobierno en el menudeo de las conspiraciones, desde la primera, que encabezara Cacique, hasta la revelada pocas horas antes de que se proclamara en el Nuevo' Circo de Caracas la candidatura presidencial de don Rómulo Gallegos. 

¿Sorprendieron éstas? El régimen siempre, con anterioridad a los contragolpes, conocía detalladamente los planes conspirativos, sin excluir los trazados para las tres que mayor gravedad revistieron; la del 11 de diciembre, la del 12 de septiembre, la del 24 de noviembre. Es mas, actuaron en su poder todos los elementos de juicio que permitían llevar a cabo ejemplarizantes castigos que erradicaran del Ejército el espíritu sedicioso de los oficiales y su insubordinación. Por qué no fue practicada la represión es el interrogante que siempre nos hemos abierto quienes intentamos analizar las causas de nuestra derrota y explicarnos el mecanismo que condujo a nuestro fracaso.

Cuando examinamos el conjunto de circunstancias que encamina hasta esa hora 0 se hace mas necesario escudriñar todos los hechos, pues solamente insurgen como acondicionadoras del éxito obtenido por la militarada motivos que en -ninguna circunstancia, en ningún momento y bajo ningún aspecto, pueden haber sido características de hombres en función de gobernantes: ceguedad o miopía, debilidad o incapacidad...

Las dudas que a muchos nos asaltan son tanto más graves para quienes las albergan que el hecho mismo de la derrota, porque toda nuestra confianza, nuestra íntegra, total confianza, la habíamos depositado en ellos. Y ese grupo de compañeros representaba para nosotros todo lo mejor del pensamiento y de la acción venezolana puestos al servicio de la justicia, del derecho, del pueblo. Dialécticamente, ellos estaban persuadidos, o debían estarlo, de que el régimen revolucionario únicamente se mantendría en el Joder si lograba agrupar todos los resortes que le permitirían la liquidación de sus adversarios. Observa Laski que un sistema político de larga historia y con raíces económicas no abandona sus posiciones ante un súbito relampagueo de inspiración. Atrincherada en sus parapetos económicos, la oligarquía venezolana diariamente fustigaba al régimen por todos los medios de que disponía. En su trabajo “El caso de Venezuela y el destino de la democracia en América” precisa el compañero Betancourt que el régimen revolucionario vivió en continua tensión contra conspiraciones reveladas antes de estallar o vencidas rápidamente después de haber cristalizado en hechos de armas. Todos estaban convencidos, dice en otra parte del citado ensayo, de que “hubiera sido ingenuidad que una obra tan profunda de democratización política y económica pudiera realizarse sin tropezar con la desesperada resistencia de las clases reaccionarias y con la de los desplazados del usufructo incontrolado del poder”. Y la pregunta del observador nace inevitable de lo transcrito: ¿Se tomaron las precauciones para salvar la revolución y descabezar todo complot que se incubara contra el régimen? Pero la respuesta al interrogante también es diáfana e inevitable: el país se encontró inerme ante un enemigo ensoberbecido de su fácil victoria.

Hay, sin embargo, una etapa que pareció presagiar otros resultados. Durante la gestión revolucionaria de la Junta de Gobierno, el régimen se fue enraizando, y para febrero de 1948 ofrecía las apariencias de encontrarse asegurado en el poder y de estar también asegurada la tranquilidad y la paz durante el período constitucional que se inauguraba. Superado el momento crítico del 321 ins­tante crucial de debilidadi, fuimos ganándole terre­no a los opositores (civiles o militares) hasta la siguiente crisis, representada en el cuartelazo del 11 de diciembre. Dominada la rebelión, conocidos sus cabecillas e identificados los responsables intelectuales de la misma, todos esperábamos que ciertos militares serían eliminados de los cuadros de la institución armada. Ignorando en aquella época, como aun lo ignoramos, todos los manejos que culminaron en el desmantelamiento de la subversión militar, nunca hemos encontrado argumentos eficaces que nos permitan determinar cuáles fueron las razones que llevaron a no someter a juicio, darle de baja, pasar a una situación de retiro o enviarla una cualquiera de las misiones diplomáticas de la República, a un Marcos Pérez Jiménez, a un Llovera Páez, a un Carlos Delgado Chalbaud, a un Enrique Rincón Calcaño y a tantos otros oficiales que desacataron la ley y rompieron la fe jurada.ii

¿Por ventura, se encontraba conspirando ya el teniente coronel Delgado Chalbaud? ¿No se contaba con la absoluta o parcial fidelidad de los Nucete Paoli, Rangeles, Pachecos, Molinas, Herreras, o Vargas? ¿Se dudaba de quienes aun nos son leales? O serio que nadie se acordó de Maquiavelo cuando apunta: 

“Debe quien quiera guardarse de conjuraciones temer más a los que ha colmado de beneficios que a quienes ha ofendido.” 

En todo caso es solamente secreto a voces el de que Delgado Chalbaud estaba animado por el demonio de las conspiraciones de que hablan los románticos. Si no bastara el vi«jo refrán castellano de que de tal padre tal hijo como indicativo del grado de confianza que en él se podía poner como hijo de Román Delgado, estaba el episodio del Falke como señal. Y tanto esto, como las repetidas instancias de la militancia partidista en cuanto a la deslealtad del teniente coronel, han debido llevar a nuestros dirigentes a plantear la destitución del ciudadano Ministro de la Defensa ya que, prevalido de su posición, desde ella maniobraba abiertamente contra los intereses de la República y contra la persona del presidente Gallegos. A lo menos, el compañero Betancourt indica que las maniobras complotistas del ministro eran conocidas del propio gobierno. En el folleto antes mencionado, el presidenta del partido anota: 

Con la tolerancia cómplice del teniente coronal Carlos Delgado Chalbaud ... se adelantó en el Estado Mayor, a partir del regreso de Pérez Jiménez de su viaje al Sur, una intensa campaña desmoralizadora dentro de la oficialidad en servicio activo. La victoriosa insurrección limeña del general Odría aceleró los planes conspirativos de Caracas, que tenían su centro de irradiación en el propio Ministerio de la Defensa Nacional.”

Estos detalles, en ocasiones, nos llevan por rumbos místicos a pensar en que el señor ciega a quienes quiere perder, pues sucesos como los que referimos a continuación solamente han podido ocurrir por obnubilación en muchos que han debido darse cuenta exacta de sus proporcionas. Siempre se aseguró que en la marinería se podía confiar. Pero ¿por qué se permitió, entonces, que. las autoridades militares asumieran el control de sus parques y en algún instante se llegara hasta casi el desmantelamiento de las naves que -si no estamos equivocados- fueron privadas de las mismas instalaciones inalámbricas, lo cual llevó a los altos jefes navales a una conferencia con el presidente de la J.R. de G., con asistencia de los militares y en la que los primeros acremente plantearon tal situación? 

En toda época la Guardia Nacional fue cuerpo, dependiente únicamente de las autoridades civiles por intermedio del Ministro del interior. El régimen, al través del titular de esa cartera, compañero Valmore Rodríguez, se propuso aumentar sus efectivos y mejorar la calidad del armamento, con el propósito de integrar un cuerpo por el estilo de los ”carabineros” de Chile o de las "compa­ñías de acero” de la República Española, como garantía de estabilidad para la revolución de octubre. ¿Por qué llegó el Ministerio de la Defensa Nacional a controlar­la al considerarlas como Fuerzas Nacionales Armadas de Cooperación? Política castrense tan absorbente los con­dujo más tarde al control de las policías municipales, lo cual -a la larga- conduciría a un rotundo fracaso, pues uno a uno escapaban a los civiles los hilos que permitían el sostenimiento del poder. ¿No tendría razón, una vez más, el viejo Fermín Toro, ante esta voracidad de mando, cuando proclamó que “harto fatales han sido a estos pueblos las glorias de sus militares?.” 

Todo fue ocurriendo en una forma por demás infantil, según la vemos a distancia ya de aquellos sucesos, pues la trama fue tan burdamente urdida que hoy nos asombramos al contemplar cómo se sorprendió nuestra buena fe o fue engañada nuestra perspicacia política. En cierto modo. el desarrollo de los acontecimientos necesariamente llevaba a recordar a Maquiavelo: 

“La mayor contrariedad para un príncipe, su máxima desdicha, son las conspiraciones que le urden, pues le matan o le infaman. Si la conjura prospera, él muere; si se la descubre y perecen los conjurados. imaginan que toda la máquina descubierta es invención del príncipe para satisfacer su avaricia o su crueldad, para calmar su natural sangriento o hartar su codicia con los bienes expropiados” 

Recordemos las conspiraciones que se rebelaron y ha­gamos memoria de que en no pocas ocasiones se acuso al régimen de inventarlas para su propio provecho. En to­das, inclusive en le triunfadora, aparecen los mismos nombres de civiles y militares; Pérez Jiménez, Pelucar­te, Pérez Rueda, Morrinson, Viílálba y militantes de COPEI. En todas la misma inteligencia militar seña­ló cuáles eran los ciudadanos a cuya detención se debía proceder, en tanto los verdaderos culpables escapaban a toda indagación o pesquisa. Por otro lado encontramos que COPEI, después de su activa participación en los sucesos del 12 de septiembre, escapó a toda sanción. Venezuela entera reclamaba la disolución de este partido confesional por atentar contra la paz de la nación e insurgir contra el movimiento popular. No se satisfizo el clamor popular, pues en vísperas de una campaña política electoral para designar al presidente de la República y a los integrantes de los cuerpos colegiados, temióse que el triunfo de Gallegos no fuese limpio al abstenerse de concurrir a la lucha una de las fuerzas opositoras. 

En este grave instante muchos olvidaron las lecciones de la Historia y la experiencia acumulada en otros países, como la hermana República de Colombia, Laski tiene algunas líneas muy interesantes al respecto: 

“El derecho de oposición en toda sociedad es activo solamente en la medida en que respeta los principios fundamentales de la sociedad, un cambio fundamental de dichos principios solo es posible en el caso de un consentimiento general para llevarlo a cabo o cuando el poder de aquellos que disienten del mismo no es lo suficientemente fuerte como para aventurarse a impedirlo por la fuerza; es este un cambio que permite la prosecución del proceso histórico, del proceso democrático, Cuando falla el consentimiento general, o los discrepantes están preparados para la lucha, ni libertad ni democracia están al alcance de la sociedad.!

Sea de ello lo que fuere, el caso cierto es el de que nuestros adversarios ante tan repetidas muestras de generosidad, imaginaron debilidad en el régimen, suposición que adquirió contornos de certidumbre cuando, a raíz de la última Convención Nacional del partido, los voceros de la oposición sostuvieron que nuestra organización se había escindido en dos alas y hasta El Gráfico dio nombres y detalles acerca de cómo se habían desarrollado las sesiones. Por otra parte, inteligencia Militar poseía menuda información sobre la misma­ cuestión. Los cálculos de la oposición se fueron asentando cuando posteriormente se rumoró una división entre® el Ejercito y el partido y la desavenencia existente entre el presidente de éste y el de la República. Todo se hizo realidad para la oposición cuando en el mitin dé El Silencio, el 18 de octubre del pasado año, don Rómulo desmintió esos rumores y negó el que los militares le hubiesen presentado pliego alguno. 

Por creer que este problema capital de la discre­pancia entre ambos personeros del partido implica un riesgo vital para el mismo y por estimar que esa desavenencia constituye un riesgo mortal para la revolución venezolana, pues hasta ahora ella ha malogrado múltiples esperanzas, he de insistir en la necesidad de enfocarla con toda claridad, buscándosele una formula efectiva que permita superarla. Ella, por otra parte, no es nueva y si no había hecho crisis en forma tan aguda como parece había sido porque desde el poder no era posible plantearla en toda su amplitud ante los inminentes 

riesgos que se corrían. Se inicia ella en los mismos mo­mentos de la victoria octubrista, al insinuarse el que Gallegos no era partidario de haber llegado al poder al través de las amas y se acentúa con la discusión surgida en torno de los juicios de peculado, cuya revi­sión solicitó el propio Presidente Gallegos como índice de su política de concordia, lo cual llevó a proclamar la política del manto de clemencia, que prohijara para otra época y frente a circunstancias^totalmente diferentes Fermín Toro (Lograda la revisión por los organismos que se señalaran, en ella se basó posteriormente la Junta Militar de Gobierno para ordenar la devolución de los bienes que por el Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa pasaron a propiedad de la Nación). Mas recientemente el compañero. Betancourt afirma en el folleto que tantas veces hemos mencionado que nuestro partido constituía minoría en la Junta Revolucionaria y en el Gabinete ejecutivo, en tanto que el presidente Gallegos, en su discurso de México, con ocasión del aniversario del 13 de septiembre, afirma que nosotros componíamos mayoría. Esto, en realidad, es una minucia. Pero de indudablemente mayor gravedad es el caso simple de que si el compañero Betancourt, en sus trabajos apenas si alude a un retomo a la constitucionalidad, el presidente Gallegos, por su parte, no menciona ni siquiera indirectamente al recio y combativo dirigente. 

Pero, recayendo en el tema inicial del anterior párrafo, ya con el discurso del presidente Gallegos en ese 18 de octubre de 1948, se exponía sin velos que el régimen entraba en una crisis decisiva y final. ¿Conservaríase el poder para adelantar la obra que se iniciara? ¿Terminaría la crisis con el triunfo del civismo sobre los cheferotes? Para nosotros no quedaba ni un ápice de duda de que, cualquiera que fuese el desarrollo de los acontecimientos, ellos desembocarían en un inevitable triunfo de la causa popular que, caudalosa, solamente esperaba una señal para caer sobre quienes fuesen siquiera sospechados de deslealtad o frialdad hacia la revolución de octubre.

Tremenda angustia trenzaba en nosotros las horas de ansiedad que se vivieron. De ansiedad por el silencio de piedra que las directivas del partido guardaron sobre las proporciones de la crisis misma y acerca de los factores positivos o negativos que en ella inter­venían. En todo caso, para quienes no conocíamos al detalle los sucesos, estos ofrecían un aspecto por de­ mas claro: 

Amparados en sus cargos claves, la oficialidad del Ejército maniobraba hábilmente, creando una especie de divorcio entre el presidente de la República y el Partido que lo respaldaba; divorció alimentado ladinamente por la prensa opositora (En la crisis se expresó la situación al ser solicitada la destitución de funcionarios miembros del partido y su reemplazo por independientes o militares retirados. Con ocasión del acto a celebrarse en el Cuartel General Urdaneta, realizado luego en el Ambrosio Plaza, se desenmascararon todos los complotistas militares.Iniciada la rebelión militar en algunos cuarteles de la capital de la república, ella no asumió desde sus comienzos las características típicas de todo movimiento antigobierno, sino apareció como fuerza deliberante de carácter político, aparentemente débil, pues que se iniciaba con parlamentos y no llegaba a las vías de hecho. Cuando el presidente de la República fue reconocido por las tropas de la guarnición de Caracas, creyóse superada definitivamente la crisis, pues los conspiradores retrocedían en sus empeños 

Ahora bien. Contemplemos cada uno de estos aspectos tal cual surgían en aquellos días. Si todos estábamos convencidos de los jefes militares eran desleales; si el partido poseía pruebas sobre la traición que se gestaba ¿por qué fueron mantenidos en sus cargos oficiales en quienes no se podía poner confianza? ¿Se encontra­ban por sobre la ley, inmunes a toda acción que contra ellos se ordenara? ¿Porque no fueron reducidos a prisión. Cuando, contrariando la jerarquía y las ordenanzas, recla­maron al Presidente y Comandante del Ejercito la línea política que seguía, existiendo en filas otros, oficiales que, de habérseles ordenado a tiempo la detención de los complotistás, la hubieran hecho efectiva sin alharacas y sin mayores perjuicios para la Nación? Se conocía individualmente a los oficiales que capitaneaban la insurgencia y, sin embargo, pudieron continuar tranquilamente maniobrando, al amparo de sus altas funciones, has­ta dar al traste con el gobierno constituido y con las leyes de la república, pisoteándolas e infamando de los ciudadanos.

Iniciada la rebelión y pese a que estaba en juego toda la obra revolucionaria y la vida misma del partido, nunca, en ningún momento, se llegó a explicar siquiera someramente le situación del régimen, no digo ya a todo el partido, pues que ni siquiera a compañeros que por algún azar hubiesen desempeñado cargos de responsabilidad y su misma seguridad, en virtud de esas funciones, peligrara ante un hecho sorpresivo de las dimensiones del que se insinuaba con tan tétrico color. 

En esta situación, el partido (y partido aquí significa esos millares de hombres y de mujeres que íntegramente pusieron en nosotros toda su confianza para la defensa de las instituciones democráticas y al derecho a una vida mejor) creía estar en posesión de los resortes que aseguraban el disfrute pacífico del poder o permitirían rebelar todo intento que quisiera contrariar la voluntad popular libremente expresada al través del voto. Las directivas sindicales, públicamente, ofrecieron más de trescientos mil trabajadores organizados en sus sindicatos para respaldar cualquier acción del gobierno y en una declaración oficial se anunció que el régimen disponía de fuerzas militares leales que. unidas a los civiles, constituían el pivote de la revolución de octubre. Hasta parece que se le insinuó a los jerarcas militares la conveniencia de« que moderasen su agresividad, pues podía ser decretada una huelga general que diera al traste con sus inmoderadas pretensiones. La. Vida del país totalmente paralizada y la ciudadanía confiando en una solución violenta de la crisis, porque se tenía la absoluta seguridad de reducir definitivamente al Ejercito; tal era el cuadro del país cuando ocurrió la insurrección del 24 de noviembre. 

Nos sorprendió, o mejor, nos impresionó terriblemente el desenlace, pues con la fe del carbonero creíamos en el triunfo popular. Había fuerzas militares disponibles. Estaba el partido organizado. El pueblo respaldaba cualquier acción. Habíase trasladado parte del tren gubernativo a Maracay para constituir gobierno en el corazón de las tropas leales. Pero ¿que ocurrió? Esas tropas se rindieron sin ni siquiera un amago de resistencia, una a una. Ante las ordenes que se radiaban, fueron sometiéndose los comandos militares sin disparar un sólo tiro y asumiendo el control de« los gobiernos civiles sin resistencia de ningún genero.¿No se confiaba en las fuerzas militares? Y ¿cómo es que sin disparar un solo tiro, sin un gesto enérgico, con fuerzas que estaban resteadas, con un disciplinado y combativo movimiento sindical; cómo es que con mas de un millón de votos aupando nuestros ideales, el régimen no resistió la ac­titud de un grupo de oficiales desleales y se derrumbó cual castillo de» naipes, sin ruido, pero, sin gloria, en medio del pánico de una colectividad asombrada y empavorecida ante el futuro que parecía dibujarse? A veces pensamos que para nosotros parece que fueron escritas aquellas .palabras que Belisario encontró grabadas en una lápida del desierto; 

“Maurussi, qui fugimos á facie jesu latronis 

filii Havae” 

Desplomóse el régimen, pues, y fuimos unos a las cárceles, otros se marginaron, los más permanecieron en sus puestos de« lucha y algunos aventados a tierras extrañas. Pero, posiblemente en el odio que nos tenían fue engendrada una política policial represiva de alcances antes no conocidos en el país, lo cual ha contribuido por sobre los errores y las deficiencias a la vivificación del partido y a la reestructuración de un movimiento de mayores alcances. Mas, antes de conti­nuar, hemos de referimos a las cuestiones del exilio en algunos aspectos y muy fríamente.

Centenares de compañeros, sin bienes de fortuna, de ninguna clase, fueron arrojados de nuestra tierra a países extraños, donde la vida es dura, bien porque se encuentran atravesando agudas crisis económicas, bien porque sufren períodos de reacondicionamiento político o social. Sin fondos económicos, el exilio ha sido alimentado por muchos con aguas de angustia y raciones de tribulación y no hubo la pepa de San Simón y San Judas, porque aquí no hay papelón. que es el principal ingrediente de tan nutritiva alimentación. Todos somos miembros de un Partido que hizo suya la causa de América, la hermandad continental. Algunos fueron hasta representantes y funcionarios de un régimen que hizo suya la causa de los pueblos débiles (bien por pequeños geográ­ficamente, pobres de población o de menguada economía) y, sin embargo, no ha sido posible obtener un empréstito de los gobiernos amigos para sufragar los gastos más elementales de la causa del pueblo venezolano. Si la gestión no se hizo es un gravé «error táctico a mi parecer, porque las revoluciones se siembran con ideas, pero se realizan con dinero. Si la gestión se hizo y no encontró eco,¿cuáles fueron las causas del fracaso? ¿Los miembros del gobierno en el exilio no hallaron fórmulas para lograr el préstamo?¿No se les aceptaron las prendas que se ofrecen comúnmente?¿0 los gobiernos no creyeron en la seriedad de nuestros propósitos, de nuestro movimiento, tan lejano les parecía el día de nuestra victoria? 

Son estos temas en los que nunca he querido meter baza, Pero creo que es necesario abordarlos, pues también deseamos -y vehemente- un retorno, pero un retomo que implique la total victoria sobre los adversarios tradicionales.

Si por política entendemos el conjunto de maniobras que garantizan la obtención de una finalidad, conociendo une serie de supuestos que permiten el enunciado de normas, de esa política carecimos, pues, que estando perfectamente identificadas las fuerzas en pugna y quienes las dirigían o financiaban, ni fueron neutralizadas unas mediante maniobras mas o menos hábiles, ni se eliminó el peligro que implicaban los segundos. Al contrario. Enfilado ya el régimen en lo llamado por los aficionados a las carreras de caballos la recta final un infausto decreto que suspendía las garantías constitucionales desarmó o dejó inermes a cuantos respaldaban al régimen, y la ausencia total de energía para contener la insubordinación que se abocetaba ena­jenó la decisión y lealtad de jefes militares que po­dían o estaban dispuestos a dar su concurso a las autoridades constitucionales. 

Por otra parte, si la política la entendemos como arte, ciencia o instrumento que, mediante el análisis de las circunstancias, de las fuerzas sociales y de las condiciones económicas, establece principios, traza normas, concibe tácticas destinadas todas a la creación de un sistema político que permita la realización de. Una obra, esa política sí se dio en Venezuela, pero en muchos aspectos fue dejada a la responsabilidad individual y hubo errores de táctica o deficiencias lamentables hoy en cuanto a su desarrollo y amplitud, apunta­dos oportunamente unos y otras por compañeros que pre­sentaron críticas de fondo o de forma que no fueron estudiadas. Con esto presenciábamos un hecho en si desagradable. Las opiniones de un militante del partido, producto del estudio de esas cuestiones, no merecían ni siquiera el análisis de los organismos calificados del mismo. Se desechaban sin discusiones, pese a que esas observaciones nacían de una preocupación por remediar situaciones que se juzgaban equívocas o al margen de las líneas del partido.

Sinceramente creo que debemos fijarnos muy nítidamente los objetivos que alimentan nuestra decisión de luchar. En mi anterior, los esbozaba: 

¿Luchamos por un simple retorno a la constitucionalidad mediante la reinstalación de Rómulo Galle­gos?
¿Luchamos para que sea reinstalado Rómulo Gallegos con un gobierno estrictamente partidista? 
¿Sería conveniente romper el proceso jurídico iniciado con las actuaciones de la Soberana Asamblea Nacional Constituyente en virtud de que muchos aspectos de la carta fundamental por ella elaborada no están de acuerdo con la realidad del país? ¿Luchamos por el Poder solamente o por alcanzar el poder y. desarrollar desde él las teorías políticas y las tareas administrativas que siempre ha sostenido el partido?

En 'todo esto debemos ser claros, precisos, objetivos. Las palabras de Fermín Toro son aun voz admonitiva. Recordemos una vez mas un párrafo de su discurso del 22 de julio de 1858 sobre® la revolución de® marzo: 

“Que no suceda en Venezuela revuelta a revuelta; que una facción militar no suceda a otra facción militar; un caudillo a otro caudillo;que las venganzas no evoquen a las venganzas; los odios a los odios; los delitos a los delitos y que al fin deje de ofrecerse siempre ese tributo de sangre en las aras voraces de un ídolo grose­ro.”

Pero todas aquellas discusiones, las mismas reservas que se formulen, con ser necesarias, urgentes, podrían ceder si en Cambio se adelantara con empeño una gestión encaminada a derribar el poder castrense, Frente a la pasión puesta por nuestros adversarios en esta lucha, ya que defienden los tradicionales intereses económicos, frente al odio y mezquindad desatados como efectivas fórmulas policiales, frente a la implacable represión inicial, frente a los posteriores abusos, se han creado,por estos mismos errores, condiciones que facilitan transitar un camino que lleve directamente al retorno. No considero la violencia como la única forma de llegar al

Poder, pero en la Venezuela nuestra sí se perfila ella como la forma más eficaz. La militarada y la oligarquía nos han llevado a extremos que no hubiésemos querido ni pensado adoptar, pero puesto que surge un camino viable para solucionar con el menor desgaste una situación dolorosa para todo un pueblo. sigámoslo con decidida vocación, emprendámoslo con acerada voluntad.

Cuando está en juego un ideal, cuando es atacado un sistema político democrático, cuando una a una se están destruyendo las realizaciones de un régimen, se hace necesario activar la mecánica política y arribar a la definitiva conclusión de que. semejante estado de cosas debe ser erradicado del panorama nacional por cualquier medio directo y violento. Este camino, con todo y cuanto representa para hombres con sensibilidad humana, permite en cambio ahorrar tiempo y sufrimiento, limitando la duración de la prueba doloroso. No triunfaremos si esperamos con semita confianza en que un feliz consorcio de circunstancias favorables nos adelantará un trabajo al cual debiéramos habernos dedicado. Fuerzas como esas que en Venezuela se hallan enfrentadas han de chocar violentamente y terminar con la total eliminación de una de ellas. No esperemos nosotros. Adelantemos el reloj que en la iglesia del viejo pueblo detuvo su marcha un me­diodía trágico. 

Política es conocer los factores que mueven la actividad de las gentes de un país y manejarlos favorablemente hacia el logro de un propósito. Pero política es también conformar la fórmula que lleve a una fuerza desplazada, la mayor de un país, a reasumir su función directiva, porque esa fuerza demostró poseer las mejores cualidades para crear el espíritu de un pueblo y conducirlo hacia el cumplimiento de su gran destino histórico. 

Tengamos presente que un pueblo espera de nosotros decisión, que ese pueblo en nosotros puso su fe y que esa fe y esa esperanza no podemos defraudarla. Traicionado en 1830 por los libertadores que entronizaron la oligarquía conservadora, traicionado por el turbio liberalismo de los Monagas, traicionado en su anhelo por la vocinglería de Antonio Leocadio Guzmán, traicionado en el tratado de Coche después de haberse desangrado por todos los rumbos venezolanos buscando un poco más de justicia y de libertad, traicionado por aquellos caudillos bárbaros que surgieron de las llanuras o descendieron de las montañas, traicionado, en fin, en noviembre del pasado año, ese mismo pueblo siempre ha mantenido encendida la llama de su fe y tendida al viento la esperanza de alcanzar justicia. Si esa fe y esa esperanza se mantienen vivas y aguardan la hora para insurgir, ha­gamos todo lo necesario para que brote y no perezca ante nuestra inercia. la Venezuela dolorida y martirizada, llevémosle la ayuda de nuestra decisión y la bandera de una enérgica acción. Recordemos a Martí en palabras que valen casi como una lección perenne; 

“Adivinar es un deber de los que pretenden diri­gir … Prever es el deber de los verdaderos esta­distas … Envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto para la defensa de las libertades; saqúese a lucir y a incendiar las almas y a vibrar como el rayo a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados. Ni misterios ni calumnias ni tesón en desacreditar, ni largas ni astutas preparaciones para el día funesto de la ambición, o la república tiene por base el carácter enteró de nuestros hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por si propio, el ejercicio íntegro de si y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de» los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de« nuestras mujeres ni una sola gota dé sangre de nuestros bravos.”

Analicemos, pues, nuestros intentos hacia la consecución del retorno efectivo y no nos quedemos al margen de la actividad, ensoñando rumbos de esperanza y de ensueño, Estudiemos los problemas que aparecen. Abordémos­los. En esta situación apenas si usaríamos las mismas palabras que empleara el viejo Fermín Toro en su discurso del 9 de agosto de 1858 sobre la posible expulsión de los desafectos a la revolución de marzo: 

“Hay descontentos; ciertamente hay descontentos y lo que es mas triste decirlo, hay descontento en los mismos que han debido ser amigos de la revolu­ción.” 

Y hay descontento porque vemos que alegre transcurre el exilio y los planes no se formulan ni se trazan con vistas a un cercano retorno, sino se proyecta atendiendo a una desusada prolongación del destierro. Hay descon­tento porque se juzga que las mejores oportunidades para iniciar la acción que fuera coronada por el éxito han sido desaprovechadas. Un artista no puede permanecer la vida entera calzado el coturno. Un pueblo no puede vivir en constante expectativa, esperando que se le señale la hora de lanzarse a la lucha por la reconquista de sus libertades y de su derecho a vivir. Hay descontento porque se estima que en momentos decisivos nos hemos limitado a simples demostraciones de fuerza cívica y no hemos buscado los objetivos fundamentales para el golpe decisivo. Laski ofrece consideraciones sobre situaciones agudas que podrían hasta fundamentar este estado de animo: 

“Corno siempre, en un período revolucionario, el impulso dirigido hacia el cambio fundamental va acompañado de desintegración y de conflicto; y también, como siempre, estos son atribuidos a la proterva determinación de hombres perversos, en vez de 'suponerlos resultado de causas más profundas e impersonales que ellos son incapaces de dominar y de las cuales esos hombres son apenas símbolos transitorios." 

Y volvemos a nuestro tema principal para terminar estas notas que contienen una posición. Dediquemos todos nuestros conatos a gestionar la acción decisiva que liberé la república. Fijemos como norma de conducta las palabras de Martí contenidas en el discurso que pronunciara el 26 de noviembre de 1891 en el Club Ignacio Agramonte, de Tampa: 

¡Basta, basta de meras palabras! Para lisonjearnos no estemos aquí, sino para palparnos los corazones y ver que viven sanos y que pueden; para irnos enseñando a los desesperanzados, a los desbandados, a los melancólicos, en nuestra fuerza de idea y de acción, en la virtud probada que asegura la dicha por venir, en nuestro tamaño real, que no es de presuntuoso, ni de teorizante, ni de salmodísta, ni de melómano, ni de cazanubes, ni de pordiosero. Ya so­mos uno y podemos ir al fin; conocemos el mal, y remos de no recaer; a puro amor y paciencia hornos congregado lo que quedó disperso, y convertido en orden entusiasta lo que era, después de la catástrofe, desconcierto receloso; hemos procurado la buena fe, y creemos haber logrado suprimir o reprimir los 

vicios que causaron nuestra derrota, y a allegar con modos sinceros y para fin durable, los elementos conocidos o esbozados con cuya unión se puede llevar la guerra inminente al triunfo ¡Ahora, a formar fi­las! Con esperar, allí, en lo hondo del alma, no se fundan pueblos! Delante de mi vuelvo a ver los pabellones dando órdenes; y me parece que el mar que de allá viene, cargado de esperanza y de dolor, rompe la valla de la tierra ajena en que vivimos y revienta contra esas puertas sus olas alborotadas…! ¡Allá esta, sofocada en los brazos que nos la estrujan y corrompen! ¡Allá está, herida en la frente, herida en el corazón, presidiendo, atada a la silla de tortura, el banquete donde las boca­mangas de salón de oro ponen el vino del veneno en los labios de los hijos que se han olvidado de sus padres! ¡Basta de meras palabras! De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno ni el malo! ¡Allá está, de allí nos llama, se la oye gemir, nos la violan y nos la bofan y nos la gangrenan a nuestros ojos, nos corrompen y nos despedazan a la madre de nuestro corazón! ¡Pues alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos, pera la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito de trabajo sabremos mantener...!

La Habana, diciembre 13 de 1949

Julio Febres Cordero


i Se dijo que, con el 321, uno de los ministros había sorprendido a la J. R. de G. y al Gabinete Ejecutivo, quienes acogieron el instrumento legal sin penetrar sus alcances ¿Un gobierno podía dejarse sorprender así? Se firmaba sin conocer el texto de los documentos? Había ya un precedente en el decreto sobre congelación de fondos y con respecto a los usureros.¿0 será verdad, acaso, que los independientes en el Gobierno y los militares ofrecían un frente sólido y del lado nuestro todo el peso de los estudios y de las decisiones recaía en Betancourt?

ii Con respecto a Pérez Jiménez resulta aun hoy incomprensible que, desplazado del Estado Mayor General y en­viado a la República Argentina, se hubiese reintegrado a sus funciones militares luego de los brindis explosivos que pronunciara en Montevideo, Y más incomprensible resulta el hecho de que durante la ausencia de Pérez Jiménez, el Comandante en Jefe del Ejercito no dictara oportunas providencias encaminadas a neutralizar su influencia, sobre todo cuando estaba en juego la seguridad de la democracia y del gobierno.

Luis Beltrán Prieto Figueroa<br />El Estado Docente
Luis Beltrán Prieto Figueroa
El Estado Docente

Nuestra educación, por imperativos sociales debe ser progresiva, entendido el término en el sentido de una educación para la formación del hombre integral en su postura de miembro de una comunidad, del ciudadano libre y responsable con el desarrollo económico social, capaz de influir en una mejor y más grande producción, no para aprovechamiento de unos pocos sino para mayor beneficio social. La formación del productor hábil y del consumidor previsivo es objeto de la educación en los pueblos sobre el camino del desarrollo. En esa forma la educación sirve a los fines del mejoramiento individual y social. 

Iconografía histórica
Luis Beltrán Prieto Figueroa
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En el Litoral Central
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En una clase magistral
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Sin descripción
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Y Cacilia de Prieto
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En una asamblea realizada en la CTV (frontal)
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De una educación de castas a una educación de masas

En trabajo anterior hicimos referencia a los artículos que en la Constitución Cubana y en la Constitución Venezolana establecen lo que se ha dado en llamar la “escuela unificada”, que no es otra cosa que la organización, armoniosa del sistema educativo, a fin de que sus ciclos y secciones se adapten al desenvolvimiento y necesidades de los educandos y a las exigencias y características de la Nación1. No obstante, este concepto técnico está cargado además de contenido social y político, que le viene de las luchas sostenidas en Europa para borrar las diferencias clasistas con que estuvo signada toda la educación en aquel continente. En efecto, allí se consideró la división de la educación en primaria, secundaria y superior, y dentro de estas divisiones varias clases de escuelas como expresión de cerrados conceptos clasistas, que fijaban una limitada educación primaria para la clase popular, educación media o secundaria  para la clase media y educación superior o universitaria para las clases llamadas altas de la sociedad. Los tres sistemas de educación, con finalidades diferentes y a veces contrapuestas, acentuaban el aislamiento que mantuvo alejadas a las clases sociales en lucha permanente: los de abajo por romper el cerco y los de arriba por estrecharlo aún más, para ensanchar o mantener sus privilegios. A este respecto el Comité Fleming, en informe elevado sobre “Public School” en Inglaterra afirmaba que: “Es imposible sostener el cargo hecho frecuentemente de que la “Public School” haya creado las diferencias sociales del siglo XIX.

La Escuela Nueva en Venezuela

La Escuela Nueva en Venezuela es libro escrito por la vanguardia pedagógica del siglo XX venezolano; es obra, todavía hoy, de innegable actualidad tanto para la reflexión como para la acción educativa que las transformaciones económicas, sociales, políticas y éticas le plantean hoy a la escuela y, no menos, a la comunidad nacional. Lo decimos de una vez: la pedagogía de la Escuela Nueva, sus principios generales, su humanismo y experiencia probada, armonizan con los cambios revolucionarios que hoy tenemos por delante. No obstante lo anterior, parece increíble que esta segunda edición del libro La Escuela Nueva en Venezuela, obra conjunta de Luis Beltrán Prieto Figueroa y de Luis Padrino, su más aventajado discípulo y colaborador de entonces, haya tenido que esperar más de seis décadas y media desde su primera edición en 1940. Ya esta simple constatación nos debería hacer meditar acerca dela valoración que entre nosotros, docentes o no, ha tenido y tiene la pedagogía en tanto teoría de la educación o de la práctica educativa que se propone la explicación de los qué y los para qué tanto en su vertiente filosófica que nos remite a la finalidad de la educación,como en su vertiente empírica que se aboca a los problemas prácticos del aprendizaje. En parte, ese desconocimiento de nuestra reflexión acerca de los problemas pedagógicos tiene su origen en un hecho característico en sociedades como ésta, donde ha prevalecido una cultura de élites desarraigadas de nuestros graves asuntos como colectivo, uno de ellos, la educación de las mayorías.

Educación, Pueblo y Ciudadanía

Educación, pueblo y ciudadanía, en su tercera edición, forma parte de la extensa obra escrita por Guillermo Luque. Este libro, en particular, representa y retrata el difícil camino de la educación venezolana en el período histórico que abarca desde fines del siglo xix hasta la primera mitad del siglo xx. Ese tiempo es expresión del vapuleado siglo xix venezolano, caracterizado por la inexistencia de paz social. Este estado de zozobra impactaría en todas las formas de relacionamiento social, incluyendo la escuela y a maestros y maestras y a escolares de todas las edades. Escudriñando en los archivos nacionales sobre el tema, encontramos de manera recurrente documentos sobre el cierre de las actividades académicas, que al cruzarlas con acontecimientos militares, revoluciones, montoneras, asonadas, etc., permiten su interpretación y explicación y ayuda a completar el rompecabezas social y político sobre el cual está la educación. Esa inestabilidad política que estremecerá al país durante más de un siglo, incluyendo la aparente paz gomecista, repercutirá necesaria e insoslayablemente en la educación como caja de resonancia, porque la educación forma parte de la estructura social y política.

Revista Pedagógica

La Revista Pedagógica fue creada como medio de divulgación de los agremiados en la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria (SVMIP) constituida un 15 de enero de 1932. Los más activos impulsores de la Revista Pedagógica fueron los maestros Luis Beltrán Prieto Figueroa, Miguel Suniaga, Alirio Arreaza, Luis Padrino, José Rafael Mena, Víctor Orozco, y las maestras Mireya Vanegas, Flor González, Elsa Acosta, Mercedes Fermín, miembros activos de la SVMIP.

El Maestro Poeta

Suponer que el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa adquirió su condición de poeta en el momento que dio a conocer su obra primera titulada Mural de mi ciudad (1975), cuando había alcanzado los setenta y tres años de vida es una equivocación. Es suponer que en él, de pronto, se expresó una sensibilidad hasta entonces desconocida. No es así. En Prieto Figueroa hallamos a lo largo de su existencia una muy afirmada y fina sensibilidad por una cuestión tan...

Revista POLÍTICA

Creada por el Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa, la revista POLÍTICA ratifica su condición de humanista preocupado por las ideas, por los problemas nacionales, como de aquellos propios de la América del Sur. Desde esta tribuna, Prieto Figueroa se afirma como un curioso y preocupado observador, no en condición de diletante, sino como hombre de acción política, que se propone conocer para actuar sobre las realidades que se discutieron en sus páginas.