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ARCHIVO MAESTRO PRIETO

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Proyecto institucional financiado por el MPPE 

 

 

  • Anaquel: 1
  • Tramo: 1
  • Caja: 19
  • Carpeta: 1
  • Autor: Julio Febres Cordero
  • Lugar: La Habana, Cuba
  • Año: 1949
  • Síntesis: Análisis desde el exilio de las circunstancias específicas en que tuvo lugar el derrocamiento de Gallegos y la derrota de Acción Democrática, y de cómo, un año más tarde, la liderazgo del partido, ahora frente a la dictadura, se plantea el posible retorno al régimen democrático. Febres Cordero parte de la premisa según la cual la falta de autocrítica del partido frente a su propia caída genera peligrosa confusión entre la militancia, que lo expone al fraccionamiento y acentúa sus debilidades. Y en el marco de tal confusión, surge la interrogante, incómoda, pero central, en torna a la cual giran todas sus reflexiones: ¿Por qué no se recurrió a la insurrección popular para contrarrestar el golpe? ¿Por qué, tras el derrocamiento, la directiva sigue sacando el cuerpo a la insurrección popular y la violencia legítima como estrategia para retomar el poder? ¿Por qué, en suma, este temor a la insurrección popular? ¿Acaso hay intereses del capitalismo nacional e internacional que constituyen la real fuente de este temor y con los que el liderazgo del partido está más comprometido de lo que lo está con el pueblo y el apoyo popular? Con sus interrogantes, este análisis se adentra en una dimensión conceptual altamente sensible de la acción política considerada desde el punto de vista de la lucha de clases y que rebasa lo meramente táctico. ...”todo 18 de octubre lleva un 24 de noviembre”… dice Febres Cordero, y acaso sea esta síntesis histórica la metáfora perfecta de la que inteligentemente se vale el autor para hacer ver al partido y su liderato el dilema ante el que lo ha colocado la derrota.

La Habana: diciembre 5 de 1949 
Señor 
Doctor Luis B. prieto F., 
Sec. General. del partido Acción Democrática. En La Habana.
Presente
Compañero:

Creo de mi deber, como militante del partido, llevar a su conocimiento algunas reflexiones que me planteo y las cuales quisiera se clarificaran. Estas, en el fondo, se refieren a los sucesos políticos acaecidos en nuestro país y a ciertas actitudes individuales asumidas que, por no encontrarles explicación, me impiden forjarme un cabal concepto sobre el actual proceso político venezolano. No implican mis observaciones e interrogantes desconfianza por las gestiones realizadas hasta el presente, ni tampoco hacia los compañeros que las han conducido. Esto lo quiero dejar claramente consignado para evitar eufemismos o torcidas interpretaciones. Y las formulo ante Üd. porque no entiendo la política como silencio ni como exhibición de cualidades oratorias, sino como dialogo, tal como la entendió en cierta oportunidad y así lo expuso desde el Nuevo Circo, el compañero Betancourt, un dialogo o conversación entre conductores y,militancia, entre gobernantes y ciudadanía. Este vivificante y cálido sentido de la política no debemos perderlo. Al contrario, afirmarlo cada día mas a fin de vincularnos mejor a nuestros ideales. No somos hombres capaces de encerrarnos dentro de nosotros mismos, cual si poseyéramos dos almas, fingidas interlocutores de un diálogo concentrado en el que una de las almas en pugna siempre ha de encontrar justificaciones a las razones que desgrane la otra. Ni nuestro pensamiento político, ni nuestra gestión administrativa, son facetas vergonzantes de nuestra actividad como para mantenerlas en una discreta penumbra y guardar en esa misma penumbra las motivaciones que lo guiaron. 

Ocurrido el desgraciado suceso del 24-11-48 todavía no se ha expuesto en forma clara, precisa, el proceso que culminara con el derrumbamiento vertical y silencioso del régimen. Hay explicaciones para consumo externo que intentan justificar la inhibición nuestra. que pretenden exponer las razones que indujeron al gobierno y al partido a no aceptar la lucha. Pero estimo que ninguna es valedera, porque, hasta la fecha, no se ha practicado la autocrítica de tales sucesos. Y esto es algo muy substancial. ¿Por qué no enfocar diáfanamente nuestro fracaso político? Si conociéramos íntegramente ese proceso adquiriríamos una valiosa experiencia para evitar idénticos o parecidos errores en el mañana. A este respecto quisiera recordar un párrafo del discurso que pronunciara Lenin en la conferencia provincial de Moscú, el 29 de octubre de 1921:

«No es tan peligrosa la derrota como el temor a confesarla, el miedo a deducir de ella todas las consecuencias. No hay que tener miedo a confesar fracasos. Hay que aprender en la experiencia de la adversidad. Si admitiésemos la opinión de que el hecho de reconocer fracasos provoca el abatimiento y debilita la energía para la lucha, como el abandono de las posiciones, seríamos revolucionarios sin valor. Nuestra fuerza está, tanto en el pasado como en el futuro, en el hecho de que tuvimos en cuenta, con sangre fría, las más duras lecciones, aprendiendo de ellas cuanto debe modificarse en nuestra actividad. No se puede aprender a resolver los problemas de hoy por nuevos procedimientos si la experiencia de ayer no nos ha hecho abrir los ojos para ver en qué eran defectuosos los antiguos métodos. 

Quienes vivimos aquellas horas de angustiosa expectación de noviembre, quienes con Shakespeare en "Hamlet” podemos repetir 

“¿Por qué a los hijos de esta tierra obligan a tantas nocturnas e incesantes guardias? 

quienes al borde mismo de la derrota escuchamos la afirmación de que todas las dificultadas habían sido vencidas, quienes en la misma mañana de ese 24 oímos anuncios de victoria, tenemos derecho a reclamar una explicación clara de por qué a las pocas horas fuimos aventados del Poder como polvo por el viento sin dejar huella de una enérgica oposición. Tal vez porque algunos juzgaran insegura fortaleza la de los pechos populares frente al empuje de los castros insolentes -pese a que se nos había asegurado que casi instantáneamente podíamos paralizar toda la vida de la Nación- y entonces se acogieron a la táctica tradicional, expuesta ya por Maquiavelo, de que ante dificultades internas que inspiren general temor, deben las repúblicas contemporizar a fin de no acelerar los males que se avecinan. 

Se alegará que las causas que llevaron al derrumbamiento las conocen las directivas partidistas y algunos compañeros. En primer termino, paréceme imposible que la actividad política en este ámbito pueda circunscribirse al mero hecho de hacer circular un caudal de pensamientos en grupos escogidos. Nuestra actitud debe ser más bien la de  encaminar ese caudal y ponerlo en relación con hombres o grupos de hombres que lo vitalicen. Entre nosotros viene ocurriendo (aún con anterioridad al 24 de noviembre) un fenómeno harto curioso y por lo demás inquietante: las directivas se enquistan, como las amibas; carecen de audacia creadora. Y nosotros, a la verdad, quisiéramos talares para la acción. Se intenta contener con diques de principios de táctica política el pensamiento crítico y se aguarda que la acción fluya por si sola, tras el gesto extraño a nosotros. En segundo termino, y en virtud de esta extremada discreción, surge para mi algo más grave. Si unos conocen las causas determinantes de nuestro fracaso y a otros no se les ha podido o no se les ha querido explicar sinceramente la mecánica de tales sucesos, entonces-lo repito- o estos compañeros (pese su vocación partidista y su espíritu de sacrificio) no son dignos de la confianza de las directivas del partido, o algo marcha mal en este puesto que hace posible el mantenimiento de las reservas mentales, o los hechos que desembocaron en el 24 de noviembre han podido evitarse o vencerse y ni se evitaron ni vencieron bien por falta de capacidad de las directivas del régimen, bien por carecer de un definido concepto político en cuanto a la peligrosidad de la» fuerzas que se nos oponían, bien por no creer en la eficiencia y disciplina de las que respaldaban el régimen desde la calle, bien, en fin, por las diferencias que existían entre el gobierno y algunas de las fuerzas que le apoyaban y el partido. 

Disimulará el compañero Prieto la crudeza de estos planteamientos, pero sinceramente he querido expresar mi criterio para corregirlo con vista, a las argumentaciones que comprueben lo errado de mis razonamientos y la inconsistencia de mis interrogantes. Hasta la fecha, entre lecturas de documentos emanados de los organismos directivos del Partido y rumores, todavía ignoro cuáles son, al detalle, las líneas normativas de nuestra actividad política. Apenas si vislumbro el tema central: luchar contra la Junta Militar, contra el triunvirato castrense. 

Y subrayo luchar porque de acuerdo con las opiniones que corren tampoco parece haya cuajado firmemente una línea táctica definida en sus contornos y precisa en cuanto a su finalidad. Aspiran algunos, como mínimo, a lograr desarrollar una especie de actividad legalizada dentro del marco del actual desgobierno provisorio. Para otros, es inevitable recurrir a las amas, ora al través de una vulgar asonada cuartelera, ora por la urdimbre  de una trama conspirativa. semejante a la del 18 de octubre, ya me­diante una verdadera y genuina insurrección llena de aliento popular. 

Desde el ángulo simplemente principista es infantil la primera posición. Aceptar una lucha política en el terreno legal valdría tanto como reconocer el régimen de facto que impera en el país. La conspiración recuerda que todo 18 de octubre lleva un 24 de noviembre, ya porque las fuerzas que se nos unan maniobren más hábilmente que nosotros, ya por nuestras demostradas debilidades al querer nuevamente complacerlas, ya por algo imponderable que paso a explicar para evitar malos entendidos. Si quienes se encontraban en el poder con todos los atributos que el Poder tiene, con todas las facilidades que el Poder brinda, les fue aparentemente imposible coordinar desde allí las fuerzas que apuntalarían el régimen, desde la clandestinidad, perseguidos, o por lo menos vigilados ¿se encontrarán en capacidad de desarrollar las aptitudes y maniobras que antes no pudieron poner en práctica? 

Insisto en que esto no revela desconfianza hacia la labor que realizaron o realizan las directivas del partido dentro o fuera del país. Demuestra solamente, únicamente, exclusivamente, mi disconformidad crítica con aspectos que no han sido debatidos y sobre los cuales carecemos de explicaciones que nos permitan deducir hechos. Un ejemplo: interpreto que nuestro fracaso, luego de los errores cometidos y de la falta de decisión para enfrentarse a la rebelión, tuvo como principal factor el ejército, las Fuerzas Armadas Nacionales en toda su integridad ¿por qué nuestros ataques los reducimos al estrechísimo marco de la alta oficialidad y en cierta forma aspiramos aun que ese Ejército nos saque las castañas del fuego? 

Quedaba, entonces, una tercera posibilidad. No entro en detalles acerca de ella, pues que son ofrecidos en multitud de obras donde se trata a menudeo de esta cuestión y de sus problemas. Es­ ta tercera posición ha gozado, en realidad, del mayor favor entre los compañeros, es más: desde el mirador principista o contemplando el asunto al través de anteojos jurídicos, es la única lógica. Desarraigados del poder por la inercia de unos y la fuerza de los otros, frente a un sistema político basado en la fuerza, solamente por la fuerza se puede regresar. A este respecto anota Hegel en su "Filosofía del Derecho” que «la violencia es anulada por la violencia, por consiguiente: ella no es sólo condicionalmente jurídica, sino necesaria; es decir, como segunda violencia que es anulación de una primera violencia”. 

Esta táctica ha encontrado cierta oposición no en razón de ella misma, sino en virtud de las circunstancias políticas presentes. En primer termino nos encontramos con que muchos limitan la intervención popular en una insurrección a un proceso semejante, en líneas generales, al ocurrido el 18 de octubre. ¿Porqué? Por temor. Alrededor de nuestra organización (que se perfila en Venezuela como la única capaz de aglutinar el pueblo) giran diversos intereses y algunos hasta tienen representación en las directivas que luchan contra el predominio castrense. No descubriré ninguna América si señalo entre esas fuerzas algunas puntas del capitalismo internacional. Pese a las interesadas simpatías que puedan demostrar a nuestra causa, pudieran llegar esas fuerzas a  mediatizar en alguna forma la organización. Capitalismo internacional y criollo posiblemente adquirían vigor como para hacernos torcer un rumbo o desviar un propósito. Se me dirá que es imposible porque a ello se oponen la entereza de las directivas y el espíritu del Partido. Y yo, íntimamente, me pregunto con inquietud si esas mismas fuerzas no habrán impedido, acaso, que cuajara una insurrección del propósito y la aspiración del Partido. ¿En ra­zón misma de la importancia de esas fuerzas, las directivas partidistas no han perdido preciosas oportunidades para asestar el golpe definitivo? Pues no se compadece el hecho de que el compañero Rómulo Betancourt, en 13 de septiembre del presente año, nos asegurara que la Junta Militar era un régimen tan deleznable que caería ante el primer impacto enérgico que se le dirigiera y la pacífica celebración del primer aniversario del nefasto golpe.

Es mas: si al iniciar sus labores la Asamblea Nacional Constituyente, el compañero Betancourt prometió solemnemente denunciar ante la Nación a cuantos militares intentasen presionar al gobier­no ¿porqué en la hora de la prueba no se formuló tal denuncia? Si el Secretario del presidente de la República, compañero Gonzalo Barrios, en alocución de 23 de noviembre d® 1948 anunciaba al pueblo que gran parte de las fuerzas armadas nacionales respaldaban la acción del gobierno ¿porqué ellas no fueron utilizadas con el respaldo del partido? 

¿Por el hecho de que esas fuerzas armadas las controlaba el teniente coronel Mario Vargas y la política militar del Partido se encontraba subordinada a la capacidad de mando de ese oficial? Si ello es así, bien que perdiéramos el Poder, por cuanto es inconcebible que la estabilidad de todo un sistema político dependiese de la gestión o 'de la lealtad de una espada. Por otro lado, se me hace muy cuesta arriba creer que el comandante Mario Vargas, a estas alturas, pueda merecer totalmente nuestra confianza. Si gozó de prestigio entre la oficialidad imagino (salvo mejor opinión) que ello se debió a su posición política, que le permitió hacer mercedes. Y prueba de ello es que de aquella oficialidad que se llamó o llama “varguista” multitud son los enemigos nuestros, vinculados al gobierno de Gallegos solo al través de la personalidad del comandante Vargas. Además, si él fue uno de los signatarios del acta del gobierno provisorio, si él mismo fue gran elector ¿reconocería el favor que le dispensamos? 

Que por su salud no se atrevió a desafiar la cárcel, que le pareció mas político incrustarse en el nuevo gobierno para “maniobrar” no son a mi juicio justificaciones de su actitud vacilante, pues la mejor política a desarrollar por el teniente coronel Vargas era la de enfrentarse con la oficialidad adicta y con los contingentes del Partido a la traición y combatirla costare lo que costare. No se hizo y su presencia entre los militares  la noche del 24 de noviembre de 1948 fue uno de los más graves golpes que recibiera la militancia del Partido, tan grave como la desaparición de multitud de dirigentes en una hora critica, dejando al Partido huérfano de dirección.

Esto ultimo, con ser grave, no lo sería tanto como el hecho mismo de no atrevernos a descubrir nuestras fallas y a tender una especie de manto sobre todos los puntos controvertidos o controvertibles. Y no seria tan grave por aquello de que, al fin y al cabo, al calor de la lucha nuevos dirigentes reemplazan a cuantos no supieron o no quisieron asumir sus responsabilidades. Los hechos que llevaron a estos compañeros a salir del país no los discuto. Cada uno tuvo sus razones, poderosas o no, y lo hizo con o sin autorización, pero por su propia cuenta y riesgo o asumiendo íntegramente su propia responsabilidad. Pero si creo que no ha de faltar compañero que se formule este interrogante:si no pasaron la agonía de la derrota dentro del país, si no le han hecho frente a las críticas de la militancia en el propio teatro de los hechos ¿cómo pueden ordenarle a quienes han pasado duelos y quebrantos, experimentado cárceles y sufrido vejamenes, reingresar al país a seguir exponiéndose a las mismas asperezas, mientras estos quedan al margen de toda interna actividad? 

Y llegó la hora del temor después del 24 de noviembre. Milla­res de compañeros desplazados de sus ocupaciones, replegados al silencio de los tristes hogares con su miseria y su hambre; centenares de compañeros en las cárceles experimentando en carne propia toda la insolencia de los menguados; decenas de compañeros peregrinando por tierras ajenas. Toda Venezuela gimiente porque el 24 de noviembre, sin un esfuerzo, se desplomó la democracia. ¿Y qué se ha hecho en el exilio para remediar cuanto se perdió? 

Cuando en la cárcel soñábamos que los compañeros que se encontraban fuera de Venezuela se hallarían gestionando todo lo conveniente para un retorno, hallamos que la mayor parte de las energías se habían diluido en una labor propagandística que, si bien impidió que algunos gobiernos reconociesen el régimen espúreo de Caracas, no fue obstáculo para que el cubano extendiese su reconocimiento a los triunviros sorpresivamente, sin ni siquiera un aviso personal de alguno de sus integrantes como especial muestra de deferencia hacia las personalidades que aquí encontraron hospitalidad. 

En cambio, lo real y verdaderamente revolucionario, como el adiestramiento para la acción violenta, según la capacidad individual de los compañeros, fue dejado a un lado, preocupadas las directivas por un entrenamiento primario e insuficiente que se limitaba a uno solo de sus aspectos: el de la distribución de la propaganda escrita. Adiestramiento infantil que se aspiró a realizar dentro de un programa insubstancial que iba desde unas clases para el mejoramiento de la ortografía hasta la exposición de los sistemas mas adecuados para repartir clandestinamente el material didáctico político.

Pero la conducción de la lucha política por estos canales obedece a ciertas causas. Si la propaganda escrita fue el mejor instrumento para crear un clima político en Venezuela, tres años de gobierno (1945-1948) contribuyeron a la afirmación de ese clima que terminó de perfilarse frente a la agresión castrense. Así lo ha reconocido el compañero Betancourt. Quedaba tan sólo preparar la insurgencia o colaborar decididamente a su realización. Si se hizo o no este trabajo lo ignoro. Conozco que solamente fue tomado seriamente en cuenta después de los planteamientos que realizaron algunos compañeros, los cuales culminaron con la designación de un delegado para que fuera de Cuba expusiese y defendiese este criterio. 

Éste, que al parecer era criterio unánime de todos los exilados, no se había adelantado porque, de acuerdo con ciertos rumores, el Partido se encontraba ante un dilema: ¿tenía responsabilidad el gobierno del derrumbamiento del régimen? ¿La tenía el Parti­do? No ha sido aun dilucidado este dilema a mi entender. Sus supuestos son aun vigentes. ¿Porqué? Porque no nos atrevemos a plantear la autocrítica que señalaba al comienzo de ésta.

Creo que esto es substancial si sinceramente queremos superar fallas, desvanecer dudas, vencer preocupaciones. ¿Se le teme a la revolución popular? Si se le teme ¿en cuáles causas enraíza tal temor? Si no se le teme ¿porque ella no ha sido ordenada? 

Si a la revolución popular se le teme, las causas han de ser mas hondas que el vano temor al derramamiento de sangre o a la destrucción de las edificaciones construidas. Las luchas .por la libertad y la justicia exigen sangre y más sangre. Como el viejo dios de la guerra de los aztecas, ambas divinidades son insaciables. La sangre fecunda ideas. Ideas que combaten, como el Sigfrido germánico, se vuelven invulnerables a las armas. La sangre es espíritu. dijo Nietsche. El progreso material de los pueblos para nada cuenta si a esos pueblos les falta la vida misma, el alma y nervio de su actividad, justicia, libertad. Entonces ¿donde las causas que impiden llegar a un acuerdo en este asunto? Posiblemente en el dilema no esclarecido a que antes me referí; tal vez en el temor que a otros asalte de que surjan en el fragor del combate conductores mas radicales o menos capaces políticamente; o de que en el curso de los sucesos la lucha cree nuevos objetivos y oriente las aspiraciones populares por un camino algo más avanzado que el de un simple retorno a la constitucionalidad que se había inaugurado en febrero de 1948.
 
Hay un detalle, para mí muy significativo, que contribuye a creer que poco, pero muy poco, se anda por el rumbo que vengo señalando; las dificultades de nuestras comunicaciones con Venezuela. Son ocasionales (y salvo el caso en que me encuentre equivocado, retardadas). No me parece concebible que a escasas horas de vuelo de nuestro país, con facilidades de transporte entre él y las Antillas Menores y entre estas y Cuba, sean tan irregulares y precarias las comunicaciones. Bajo la extremada vigilancia de la Gestapo, los agentes comunistas diariamente se comunicaban con agentes establecidos fuera del Reich. Bajo el celoso cuidado del franquismo, las fuerzas de la resistencia española interna han establecido diarios contactos con los republicanos aventados fuera de lar. Nosotros, al cabo de un año, ni siquiera hemos podido normalizar estos canales.

No creo ser el único que me desvele ante estas contradicciones. Otros también se hallarán en parecido conflicto, pero, acaso, en lo mas hondo se sientan cohibidos ante el supuesto temor de un posible fraccionamiento de nuestro frente si afloran dudas como las expuestas. Las dudas vuelan en torno nuestro incesantemente, La divergencia surge a cada pensamiento. La discrepancia lleva en si simiente que puede dar origen a otras divergencias, pero el temor apuntado pudiera ser justo si mezquinos criterios animasen nuestros desvelos. Surgiendo, sin embargo, en cualquier conversación, apareciendo en todas nuestras domesticas discusiones ceda vez que se rezan los sucesos ocurridos el 24 de noviembre, se hace imperioso afrontar los hechos que señalo con la sana intención de desvelar aspectos oscuros. o poco claros. Si hubo falta en descubrir los errores a tiempo, falta es también mantener equivocadas tácticas. Examinemos fríamente las situaciones, porque pareciera que no hay empeño en llevar un poco de luz a ciertos hechos y que algunos aun fuesen partidarios de aquellos versos de Hernández de Acuña; 

Procure siempre acertalla 
el honrado y prencipal; 
pero si la acierta mal, 
defendella y no enmendalla 

Estas cuestiones han de plantearse hoy o mañana, con crudeza o. sin ella. Pues, llevémoslas al tapete de una democrática discusión. Sobre ellas echemos como buenos camaradas nuestro cuarto a espadas. Mas temprano que tarde han de salir a la luz con consecuencias no previsibles. Atajemos, entonces, con decisión y lealtad este problema. Llaguemos todos a fijarnos un criterio concreto, objetivo. Hoy unidos nos encontramos todos en la lucha; apretados en torno a nuestros^estandartes. Que lo estemos, pues, sin reservas. No tengo ínterés personal en conocer algo que no pueda ser revelado. No tengo ninguna aspiración  a figurar, pues convencido estoy de que el mejor trabajo es aquél que se realiza silenciosamente, sin aparto ninguno. Pero sí quisiera que se explicara con claridad cuál es el estado de nuestra lucha, que se abordaran diáfanamente los objetivos que señalo. Pero no en esa forma más alegre de que las operaciones partidistas se desarrollan dentro de los lineamientos ya previstos por el supremo comando y en forma favorable a nuestros propósitos, porque ya el 23 de noviembre de 1948 se decían que las cosas estaban muy bien, tan bien que hoy nos encontramos fuera de nuestra propia tierra. 

Al dirigirme a Ud., compañero Prieto, en esta forma lo hago confiado en las singulares muestra de confianza y deferencia que siempre me ha demostrado y porque soy incapaz de mantener en reserva aspectos de los cuales disienta o me merezcan juicios contrapuestos al de otros compañeros.

Por una Venezuela (ilegible)

Julio Febres Cordero

Luis Beltrán Prieto Figueroa<br />El Estado Docente
Luis Beltrán Prieto Figueroa
El Estado Docente

Nuestra educación, por imperativos sociales debe ser progresiva, entendido el término en el sentido de una educación para la formación del hombre integral en su postura de miembro de una comunidad, del ciudadano libre y responsable con el desarrollo económico social, capaz de influir en una mejor y más grande producción, no para aprovechamiento de unos pocos sino para mayor beneficio social. La formación del productor hábil y del consumidor previsivo es objeto de la educación en los pueblos sobre el camino del desarrollo. En esa forma la educación sirve a los fines del mejoramiento individual y social. 

Iconografía histórica
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
En el Litoral Central
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
En una clase magistral
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Sin descripción
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Y Cacilia de Prieto
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
En una asamblea realizada en la CTV (frontal)
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Luis Beltrán Prieto Figueroa
Sin descripción

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De una educación de castas a una educación de masas

En trabajo anterior hicimos referencia a los artículos que en la Constitución Cubana y en la Constitución Venezolana establecen lo que se ha dado en llamar la “escuela unificada”, que no es otra cosa que la organización, armoniosa del sistema educativo, a fin de que sus ciclos y secciones se adapten al desenvolvimiento y necesidades de los educandos y a las exigencias y características de la Nación1. No obstante, este concepto técnico está cargado además de contenido social y político, que le viene de las luchas sostenidas en Europa para borrar las diferencias clasistas con que estuvo signada toda la educación en aquel continente. En efecto, allí se consideró la división de la educación en primaria, secundaria y superior, y dentro de estas divisiones varias clases de escuelas como expresión de cerrados conceptos clasistas, que fijaban una limitada educación primaria para la clase popular, educación media o secundaria  para la clase media y educación superior o universitaria para las clases llamadas altas de la sociedad. Los tres sistemas de educación, con finalidades diferentes y a veces contrapuestas, acentuaban el aislamiento que mantuvo alejadas a las clases sociales en lucha permanente: los de abajo por romper el cerco y los de arriba por estrecharlo aún más, para ensanchar o mantener sus privilegios. A este respecto el Comité Fleming, en informe elevado sobre “Public School” en Inglaterra afirmaba que: “Es imposible sostener el cargo hecho frecuentemente de que la “Public School” haya creado las diferencias sociales del siglo XIX.

La Escuela Nueva en Venezuela

La Escuela Nueva en Venezuela es libro escrito por la vanguardia pedagógica del siglo XX venezolano; es obra, todavía hoy, de innegable actualidad tanto para la reflexión como para la acción educativa que las transformaciones económicas, sociales, políticas y éticas le plantean hoy a la escuela y, no menos, a la comunidad nacional. Lo decimos de una vez: la pedagogía de la Escuela Nueva, sus principios generales, su humanismo y experiencia probada, armonizan con los cambios revolucionarios que hoy tenemos por delante. No obstante lo anterior, parece increíble que esta segunda edición del libro La Escuela Nueva en Venezuela, obra conjunta de Luis Beltrán Prieto Figueroa y de Luis Padrino, su más aventajado discípulo y colaborador de entonces, haya tenido que esperar más de seis décadas y media desde su primera edición en 1940. Ya esta simple constatación nos debería hacer meditar acerca dela valoración que entre nosotros, docentes o no, ha tenido y tiene la pedagogía en tanto teoría de la educación o de la práctica educativa que se propone la explicación de los qué y los para qué tanto en su vertiente filosófica que nos remite a la finalidad de la educación,como en su vertiente empírica que se aboca a los problemas prácticos del aprendizaje. En parte, ese desconocimiento de nuestra reflexión acerca de los problemas pedagógicos tiene su origen en un hecho característico en sociedades como ésta, donde ha prevalecido una cultura de élites desarraigadas de nuestros graves asuntos como colectivo, uno de ellos, la educación de las mayorías.

Educación, Pueblo y Ciudadanía

Educación, pueblo y ciudadanía, en su tercera edición, forma parte de la extensa obra escrita por Guillermo Luque. Este libro, en particular, representa y retrata el difícil camino de la educación venezolana en el período histórico que abarca desde fines del siglo xix hasta la primera mitad del siglo xx. Ese tiempo es expresión del vapuleado siglo xix venezolano, caracterizado por la inexistencia de paz social. Este estado de zozobra impactaría en todas las formas de relacionamiento social, incluyendo la escuela y a maestros y maestras y a escolares de todas las edades. Escudriñando en los archivos nacionales sobre el tema, encontramos de manera recurrente documentos sobre el cierre de las actividades académicas, que al cruzarlas con acontecimientos militares, revoluciones, montoneras, asonadas, etc., permiten su interpretación y explicación y ayuda a completar el rompecabezas social y político sobre el cual está la educación. Esa inestabilidad política que estremecerá al país durante más de un siglo, incluyendo la aparente paz gomecista, repercutirá necesaria e insoslayablemente en la educación como caja de resonancia, porque la educación forma parte de la estructura social y política.

Revista Pedagógica

La Revista Pedagógica fue creada como medio de divulgación de los agremiados en la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria (SVMIP) constituida un 15 de enero de 1932. Los más activos impulsores de la Revista Pedagógica fueron los maestros Luis Beltrán Prieto Figueroa, Miguel Suniaga, Alirio Arreaza, Luis Padrino, José Rafael Mena, Víctor Orozco, y las maestras Mireya Vanegas, Flor González, Elsa Acosta, Mercedes Fermín, miembros activos de la SVMIP.

El Maestro Poeta

Suponer que el Maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa adquirió su condición de poeta en el momento que dio a conocer su obra primera titulada Mural de mi ciudad (1975), cuando había alcanzado los setenta y tres años de vida es una equivocación. Es suponer que en él, de pronto, se expresó una sensibilidad hasta entonces desconocida. No es así. En Prieto Figueroa hallamos a lo largo de su existencia una muy afirmada y fina sensibilidad por una cuestión tan...

Revista POLÍTICA

Creada por el Dr. Luis Beltrán Prieto Figueroa, la revista POLÍTICA ratifica su condición de humanista preocupado por las ideas, por los problemas nacionales, como de aquellos propios de la América del Sur. Desde esta tribuna, Prieto Figueroa se afirma como un curioso y preocupado observador, no en condición de diletante, sino como hombre de acción política, que se propone conocer para actuar sobre las realidades que se discutieron en sus páginas.