Somos los huéspedes de una chiquillería que hoy es feliz y que, de acuerdo con nuestras esperanzas y deseos, ha de seguir siéndolo a través de su vida entera. Digo esto porque creo firmemente que la protección integral de nuestros niños, de acuerdo con la doctrina del Consejo Venezolano del Niño, ha comenzado a desarrollarse definitivamente en Venezuela. La Constitución la establece hoy. Forma parte de los Jardines de Infancia, así como de las Casas Cunas, de la cadena nacional de instituciones proyectada por el Consejo y dirigidas a proteger al menor de 7 años.
No es este el primer jardín que inauguramos, ni será seguramente el último, pero hemos querido solemnizar este acto debido a algunas particularidades de su realización y al nombre que llevará, además de ser el primero de esta serie que lleva “traje a la medida” con su edificio construido ad-hoc.
Quiero destacar, en primer término, que el terreno donde se levanta fue un espontáneo y generoso donativo del Dr. Pedro José Troconis, ejemplo de colaboración que sería de desear se multiplicase indefinidamente. Comprendió el Dr. Troconis que era más útil este gesto que el de la limosna intrascendente dada al azar y que el fin acaba perjudicando, más que beneficiando, al que la recibe. El Consejo Venezolano del Niño expresar perdurablemente su gratitud colocando en los muros de este edificio una placa alusiva al generoso gesto del donante.
Los fondos para la construcción propiamente dicha, fueron arbitrados en parte por medio de actividades productivas del Consejo, y el resto provino del tesoro público. Vemos pues que logramos este edificio por medio de la colaboración privada, los propios esfuerzos del Consejo para arbitrar fondos y el dinero del Estado. Y esto, no porque los elementos oficiales le hayan negado su apoyo, que antes bien se lo han dado en la forma más amplia, sino para demostrar que bien pueden y deben unirse las fuerzas privadas a las oficiales para tratar de resolver los problemas de nuestra Sociedad.
La principal finalidad de estas instituciones es la de proteger los hijos de madres trabajadoras durante las horas de labor de éstas, actuando así en forma preventiva contra el abandono en que se encuentra gran número de las que salen de nuestras maternidades.
Para demostrar la importancia y los resultados del trabajo coordinado de instituciones que se complementan, quiero citar algunas cifras que, en mi sentir, son una demostración palmaria de los frutos de la protección infantil llevada a cabo en Caracas en estos últimos tiempos. Los que frecuentamos el Hospital de Niños, observamos una serie de trastornos de la salud de muchos pequeños pacientes, provocados por la deficiencia alimenticia. Para el año 1945, el número de estos niños ingresados al hospital pasan ampliamente el centenar, dando un promedio mensual de 10. Para el año de 1946 esta cifra bajó a 57, o sea la mitad del promedio de los años anteriores, y en los 5 primeros meses del presente año la cifra sólo llega a 15, o sea de sólo 3 casos por mes, haciendo notar que algunos de estos provienen de los estados vecinos. Estas cifras dicen que las policarencias desaparecen rápidamente de nuestro panorama nosológico. Ahora bien, paralelamente a este hecho, se ha desarrollado otro: Los comedores escolares del Patronato Nacional correspondiente y las casas cunas y jardines de infancia del Consejo del Niño, protegen hoy varios miles de menores, lo cual trae lógicamente un alivio importante en el presupuesto hogareño, agregando a esto que los servicios materno-infantiles del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, que ya existían, han aumentado considerablemente sus actividades. Al observar estos hechos paralelos y buscar entre ellos una relación de causa a efecto, creo que el más elemental sentido común nos obliga a responder afirmativamente.
Pero no podemos contentarnos con que estos jardines sean simples depósitos de niños bien alimentados. Nos esforzamos también en hacerlos felices y en preparar sus espíritus con buen caudal de optimismo, que se lo dan a granel las tiernas y buenas jardineras encargadas de dirigirlos y prepararlos para que más tarde, al franquear las puertas de las escuelas, con sus cartillas bajo el brazo, aprendan pronto a reconocer en ellas la de amor y no de amargura.
Señores:
Este jardín ha de llevar el nombre de un americano ilustre: Luis Morquio. Así lo acordó el Consejo Venezolano del Niño, en sesión reciente y como homenaje al Instituto Internacional Americano de Protección a la Infancia, en el Vigésimo aniversario de su fundación por aquel gran uruguayo. Luis Morquio fue uno de esos hombres que acaban por perder su nacionalidad a fuerza de deseársela los otros países. Con ocasión de su muerte, acaecida el 9 de julio de 1935, dijo el Dr. Víctor Escardo y Anaya las siguientes palabras: “Cuando los niños del Uruguay pregunten quien fue el médico ilustre que se preocupó de su salud y de su protección, cuando sus males, amparando su debilidad y aconsejando siempre su bien y su dicha, la voz de la patria les contestará: MORQUIO. Y yo digo que la voz de América contestaría lo mismo si fuesen los niños americanos quienes hiciesen tal pregunta, porque Luis Morquio dictó pautas de protección a la infancia que adoptamos todos los que hemos dedicado nuestras actividades a defensa de la salud y la felicidad del niño.
Señores:
Dentro de pocos instante veréis en ese tinglado, que no es el de la “antigua farsa” sino el de la moderna realidad, escenas de gran sencillez, pero que han de provocaros esa mezcla de emociones indefinidas y entrechocas que nos anudan la gargantas y nos humedecen los ojos.







