Estimados colegas, señoras y señores:
Arribamos a la feliz clausura de esta jornada de discusión, confrontación de experiencias y nuevas formulaciones para replantear y repensar los problemas educativos considerados por este II Congreso Pedagógico Venezolano. El admirable comportamiento de los asistentes, la cautelosa forma de encarar materias entregadas a nuestras deliberaciones, despojándolas de las cubiertas dogmáticas con que se acostumbra presentarlos, para que venteen ante las rachas demoledoras de los tiempos nuevos, está indicando una postura de expectación, pero también de angustiada confianza ante el porvenir.
Todos, cual más cual menos, afirmamos la inevitabilidad del cambio para que el porvenir nos encuentre aligerado de prejuicios el equipaje de nuestro comportamiento, despejada la mente como en un campo limpio de trincheras para marchar seguro a la conquista del progreso.
En ninguna actividad ha existido mayor cúmulo de obstáculos y barreras, ni más cerradas formas de incomprensión que en el campo educativo; no obstante, que el mundo ha progresado ante los ojos asombrados de los educadores, contradiciendo y a veces hasta negando lo que la escuela enseña, como en una especie de venganza de los tiempos. Fracaso de la escuela pregonan los descreídos en el valor de la educación; otros dirán su admiración contra los maestros que trabajaron siempre para un tiempo del hoy que se vuelve ayer al correr del (ilegible) y está requiriendo en su velocidad un nuevo tipo de medida que nos haga avizorar cuando actuamos, cuando pensamos, cuando soñamos, que cuanto hacemos ahora es semilla echada al viento para la siembra de tierras nuevas donde el hombre será dueño y señor de sus angustias y donde crecerán como un árbol de copas reducidas y de frutas jugosas la esperanza.
La escuela se organiza como la comunidad la quiere o como la intuye simplemente. El educador es agente de la comunidad, en un negocio de cuyas utilidades no puede disfrutarse sino pasados muchos años, acaso tantos que se haya perdido el recuerdo de la escuela y del maestro.
Pero las comunidades aspiran a la pervivencia, se afincan en sus hábitos transmitidos por décadas o siglos sin relieve y muchas veces sin aliento nuevo. Sólo se conmueven ante el estupor de los grandes acontecimientos. Pero el maestro, si es agente de la comunidad ha de poner en el espíritu de sus alumnos la sustancia del pensamiento y de esfuerzos que venciendo la estabilidad de los hábitos haga a cada generación depositarse en una cuota de cambios cada vez mayores que provoque el comentario de los padres que dirán: el tiempo de mis hijos es diferente, más rico, más humano, mucho mejor que el mío. Acaso el de mis nietos tendrá el tamaño de mis sueños de ayer, si ayudo ahora en la tarea que realiza el maestro. Agente de los cambios, el maestro ha de cambiar también a la medida de su tiempo, miro cada día en lo que piensa, nuevo en lo que enseña, nuevo en el retorno de fe de futuro que le crece frente al mundo expectante y asombrado de la ciencia y de la técnica, para que nada le sorprenda, porque para él no deben tener límites las posibilidades del hombre si sabe acondicionar el mundo y preparar las mentes para los grandes esfuerzos de creación.
Es cierto que, como dicen los críticos y los descreídos de la educación, el progreso se genera fuera de la escuela y lejos de la vigilancia del maestro; pero él pasa la semilla, sembró la duda que provocó la investigación o el ensayo, dispuso los espíritus para buscar o descubrir. Y esa actividad es la que corresponde a los educadores de hoy, cualquiera que sea el nivel de estudio donde actúen, pues los tiempos que corren reclaman posturas de inquieta preocupación por el porvenir.
Hace ya más de treinta años Kilpatrick, muerto apenas tres o cuatro años, escribió un hermoso libro con el título “La educación para una civilización en mudanza”, donde se plantea la necesidad de cambiar el sistema educativo de fórmulas estáticas, para el aprendizaje de nociones estructuradas en un plan de estudios que se desvalorizaban a la vuelta de la esquina y que acaso es arsenal de ideas de escaso valor para los combates a que la vida habrá de convocar a los alumnos de hoy. Para el gran educador norteamericano lo importante no era la cantidad de conocimientos adquiridos, sino las actitudes creadas en el alumno, su capacidad para reaccionar ante las novedosas formas conque habrá que enfrentarse y sobre todo en su capacidad para adaptarse, para renovarse y crecer, para crear y recrear, saliéndose de los moldes de sus hábitos a que le invitan las técnicas impuestas por el progreso.
El título del libro de Kilpatrick, repensado en forma diferente, sin duda ha servido de lema a este segundo Congreso Pedagógico Venezolano, porque todos estamos convencidos de la inevitabilidad de los cambios, como dije antes.
Es más, estamos conscientes, de que pueblos como los nuestros necesitan acelerar los cambios y lo estamos haciendo para superar el atraso y salir del estado de subdesarrollo en que nos encontramos.
La educación, como parte importante de ese proceso de cambios ha de cambiar también. Pero el cambio de ésta ha de ser concebido no a la manera de creación de nuevas estructuras llenas de contenidos que rápidamente se envejecen o caducan, sino como un proceso dinámico de crecimiento, que se enriquece, varía, se multiplica y desborda para cubrir las ampliadas formas de vida nueva que están siendo propiciadas por la técnica y por el progreso de la ciencia.
No obstante, cabe afirmar que esos cambios, lo he dicho otras veces, tienen que ser primero pensados, sentidos y queridos por los educadores como una necesidad vital. Además, la renovación del proceso educativo requiere que los maestros estén formados para realizarlos.
Esto nos lleva a una nueva afirmación. No hay formación válida per se. Lo que ahora se enseña en las escuelas de formación docente queda invalidado más o menos pronto. Por ello, toda formación docente requiere una constante revisión, reacondicionamiento en un constante aprendizaje y perfeccionamiento, que forma parte integrante de la tarea del educador, tanto más en la era que vivimos.







